lunes, 7 de marzo de 2016

Sangre

En aquellos crímenes de ETA, que pronto pasarán a ser sólo un dato en los libros de texto, unos pocos eran los encargados de descargar los golpes procurando una suficiente distancia con sus víctimas para asegurarse así la imposibilidad de su defensa, una distancia siempre enorme aunque sólo fuese la corta longitud de una pistola que mediaba entre la mano del asesino y la cabeza del "objetivo".
Más lejos aún del "objetivo", otros diseñaban las tácticas y estrategia que llamaban "de lucha armada". Otros, los peores, aportaban su silencio o daban cobertura teórica al asesinato disfrazándolo de noble ejecución.
El resto, la mayoría de todos los demás, nos llamábamos ignorantes mientras tapábamos nuestros oídos, ojos y boca.
Difícilmente, salvo a los primeros, podría alcanzarnos una mínima gota de sangre. Pero esa inmaculada apariencia no significa la inocencia de ninguno.
Conviene recordar todo esto ahora que otras conveniencias empiezan a convertir en héroes a los villanos, justificando sus anteriores actuaciones a veces por comparación con otras igual de repugnantes pero del lado contrario. Conviene recordarlo siempre para no caer en la trampa de esos que enarbolan una bandera a la que llaman de la democracia porque le caben todos los colores según la conveniencia, una bandera de colores desteñidos a los que quieren hacer pasar por nuevos, incluso el de la sangre.

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