Aceptar la compañía de otro porque tenemos un adversario común, ha de llamar a la prudencia de vigilar mi propia espalda para protegerla de este socio de conveniencia que, a su vez, deberá proteger la suya de mi futura e irremediable traición.
Así pues, me conviene evitar el club de las conveniencias si me acepta como socio, como pudo decir Groucho Marx.