La muerte de
los muertos ajenos, esos que no sentimos nuestros, de notarla, nos roza
suavemente, como una caricia, produciéndonos el bienestar de sentir que
la muerte está tan ocupada de los otros que no puede ocuparse de nosotros.
La muerte de
los muertos propios, esos que sentimos nuestros, la sufrimos tan intensamente,
con una herida tan profunda que nos acompaña para siempre, que morimos con
ellos. Si, además, mueren dos, tres, cuarenta, más de cien… a la vez, perdemos
la razón. No podemos comprenderlo, encajarlo en el natural devenir de las cosas
de la vida porque no es natural que tantos nos desaparezcan juntos, de una vez.
Y buscamos una explicación que rápidamente nos sosiegue. Y, si no la
encontramos, la inventamos por nuestro bien. Y, a menudo, odiamos a la muerte odiando
a los ajenos a quienes culpamos como
causantes de nuestro dolor y a los que hacemos daño como una transfusión de
nuestro daño para aliviarnos.
A menudo, para
aliviar nuestro dolor, provocamos la muerte de los ajenos como una transfusión
de la de los propios.