Algunos, siempre demasiados, intentan disfrazar su
incapacidad bajo el voceo extremado, tajante, intransigente.
Nunca darán un paso adelante para poner en práctica la
propuesta de su discurso pues, de hacerlo, quedaría esa su incapacidad al
descubierto, sin disfraz, y perderían su coartada, su causa.
No son dañinos, en tanto que solo buscan perpetuar su engaño
a sí mismos. Pero, sin serlo, distraen con la alta voz de su voceo a los
que, mientras tanto, eligen la acción en silencio, exponiéndose al riesgo del
error mientras buscan con la experiencia.