La del alba sería cuando toqué
con los nudillos en el cristal de tu ventana ta-tán, ta-tán
- "Amigo, ya es la hora", dije
- "Volaaando" saliste y, cogidos
del brazo, encaminamos la calle abajo. La brisa justificaba que lucieras tu foulard imprescindiblemente rojo para la
ocasión. Yo llevaba sombrero panamá y encendimos el primer cigarro. Por las
ventanas, entre perfume a pan caliente y café de puchero, olíamos las caricias
de madres acicalando el pelo de su niña, ciñendo el corbatín a su marido,
marcándose el talle con un ancho cinturón de lunares rojos...
Las
conversaciones, abonico, se asomaban a los portales entre risas. Saludábamos,
yo tocando el ala del sombrero, tú inclinando la cabeza y, gota a gota, al
llegar a la primera esquina, éramos un arroyo. Esquina a esquina, calle a
calle, ríos de risas inundamos la plaza. No había estrado ni banderas. No
sonaban himnos ni consignas. Qué guapos estábamos tan felices. Y, de repente,
la plaza retumbó en una inmensa carcajada.
