Y, por fin, despacito y por una puerta nunca antes abierta, aparece y nos llena de paz.
Bienvenida para siempre.
Acurrucada en su casita de azúcar, asoma la nariz y... ¡Hace tanto frío afuera! Pero la esperan tantos abrazos, tantos besos, tantas risas, tantas caricias... ¡Qué indecisión!