En un instante de su vida,
se sintió lo que no era: un pirata sin más ley que su voluntad; un corsario de
todas las coronas; el amo de los vientos y las olas. Y viajó con caras nuevas,
y puso rumbos que, creía, le conducirían al mejor de los puertos o, cuanto
menos, a alguno mejor que el de partida.
Pero, al instante
siguiente de su vida, un golpe de mar arrancó de cuajo el mástil y la deriva
gobernó el barco hasta el naufragio. Y se miró y se reconoció tal y como era:
vencido en la derrota.