Las urnas se llenan de
miedo al rival, de desconfianza, de sálvese el que pueda. Las papeletas del
otro se entienden como planes urdidos para acabar con el contrario y, en
consecuencia, utilizamos las propias como teas que conviertan a las ajenas en cenizas
inofensivas.
Tras la batalla electoral,
el recuento de los muertos proporciona a los más ingenuos o necesitados de fe
la alegría momentánea por la victoria propia, que se sabe inútil porque vencer
a nuestro vecino, a nuestro compañero de viaje, es derrotar a la razón de
ser social.