martes, 17 de noviembre de 2015

Paris-Mosul


La muerte de los muertos ajenos, esos que no sentimos nuestros, de notarla, nos roza suavemente, como una caricia, produciéndonos el bienestar de sentir que la muerte está tan ocupada de los otros que no puede ocuparse de nosotros.
La muerte de los muertos propios, esos que sentimos nuestros, la sufrimos tan intensamente, con una herida tan profunda que nos acompaña para siempre, que morimos con ellos. Si, además, mueren dos, tres, cuarenta, más de cien… a la vez, perdemos la razón. No podemos comprenderlo, encajarlo en el natural devenir de las cosas de la vida porque no es natural que tantos nos desaparezcan juntos, de una vez. Y buscamos una explicación que rápidamente nos sosiegue. Y, si no la encontramos, la inventamos por nuestro bien. Y, a menudo, odiamos a la muerte odiando a los ajenos a quienes culpamos como causantes de nuestro dolor y a los que hacemos daño como una transfusión de nuestro daño para aliviarnos.

A menudo, para aliviar nuestro dolor, provocamos la muerte de los ajenos como una transfusión de la de los propios.

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