Frecuentemente, la separación sabe como el amargo fruto del
fracaso porque olvidamos que solo hay separación cuando no hay verdadero y mutuo
deseo de permanecer unidos y sentimos la natural convivencia, la aceptación del otro tal como es o quiere ser, como esfuerzo o concesión.
Con la separación, se abre paso a la oportunidad, a la posibilidad de un mejor futuro que, unidos, parecía imposible.
No hay lugar, por lo tanto, sino para el contento.
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