En aquel instante de
aquél día de aquél año, el solitario sintió su soledad como una opción. Una
opción que hizo suya, como una consecuencia de su voluntad. Y hasta como un
triunfo: El triunfo de su voluntad.
Y el solitario vivía en paz y en guerra consigo mismo. Y sintió su opción como el camino hacia
la felicidad. Y, pasado el tiempo, como la felicidad misma.
Y en otro momento de
otro día de otro año no tenido en cuenta, no previsto, no imaginado o soñado, un de repente ocurrió: Una
aparición.
La llamó compañía, y no tenía otra seña de identidad que su nombre. Y fue perturbadora,
enajenante, cautivadora, magnética. Y, como un verde brote de yerba en el
desierto, le produjo al solitario el espejismo de lo nuevo, de lo deseado, de
lo inaccesible logrado.
Y sintió su compañía como una opción. Una opción que hizo suya, como una consecuencia de
su voluntad. Y hasta como un triunfo: El triunfo de su voluntad.
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