MANIFIESTO DE REACCIÓN FRENTE A T. ADORNO
Como tabla de salvación, el arte debe ser un ejercicio
individual o colectivo que se aparte de los centros de poder económico o
político. Un ejercicio que no busque el éxito por aclamación de las bondades de
la obra, sino de la acción que la hace posible. Por decirlo visceralmente: no importa que ardan las pinacotecas si los
humanos siguen pintando. Un manifiesto estético que destruye la parálisis
elitista de Adorno y, al mismo tiempo, esquiva la trampa de la industria
cultural.
Al desplazar el valor del objeto terminado (la obra
que se vende, se expone o se quema) hacia el acto de creación (la
acción, el proceso, el impulso humano), se devuelve al arte su verdadera raíz
existencial.
Esta postura ofrece una respuesta definitiva a los dilemas
que plantea Adorno:
1. El giro del "Objeto" a la "Acción"
La frase "no importa que ardan las pinacotecas si
los humanos siguen pintando" evoca el espíritu del situacionismo
o del Action Painting, pero llevado a una dimensión ética profunda.
- Si
el arte es una mercancía colgada en un museo o un algoritmo en una
plataforma, está muerto o secuestrado por el poder económico.
- Si
el arte es el acto visceral y soberano de un individuo o de una
comunidad que decide pintar, cantar o actuar al margen de cualquier
circuito oficial, entonces es invulnerable. No se puede comprar ni domesticar
una acción que no busca venderse.
2. La renuncia al "Éxito por Aclamación"
Al proponer que el éxito radica en la acción que la hace
posible y no en el aplauso o el consumo de masas, se desactiva la principal
arma de la deshumanización moderna: la necesidad de aprobación mercantil. Un
colectivo de personas que se junta a hacer teatro comunitario en un barrio, sin
pretensión de salir en televisión ni de ganar dinero, está ejerciendo una
soberanía absoluta. Su "derecho a la existencia" no se lo da el Estado
ni el mercado; se lo otorgan ellos mismos al actuar.
3. La verdadera humanización contra T. Adorno
T. Adorno estaba atrapado en la idea de que el arte era solo
para los genios (como Beckett o Schönberg) y que el público general solo podía
ser consumidor pasivo. Mi propuesta democratiza el arte de la forma más
radical: el arte humaniza no porque se consuma arte complejo, sino
porque se ejerce la potencia creadora. Mientras haya un ser humano
necesitando expresarse al margen del beneficio económico o la propaganda
política, la deshumanización total habrá fracasado. El filósofo Paolo Virno y
otros pensadores del autonomismo describen esto como la estrategia del éxodo.
Sostienen que la resistencia más eficaz hoy no es el asalto frontal al poder
(que siempre es absorbido o reprimido), sino la deserción. Consiste en
retirarse del juego, crear espacios autónomos de vida, de arte y de relación, y
dejar que las estructuras del poder se marchiten solas al quedarse sin
súbditos.
Bajo esta luz, el "derecho a la existencia" del arte ya no es una incógnita filosófica abstracta, sino un hecho de resistencia cotidiana. Mientras el impulso creativo siga vivo en el ser humano, el arte existirá, aunque caigan todos los museos del mundo.
Sí, yo también quiero una creación sin domesticar.
ResponderEliminarComo consumidora pasiva me uno a Contradorno ya la deserción como forma de resistencia.
* y a😁
EliminarResistiremos juntas. Abracísimos
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